Los burros perdidos

Samuel se convirtió en un gran profeta. Le decía a la gente qué era lo que Dios quería. Llego un momento, sin embargo, en que la gente le decía a Dios qué era lo que ellos querían. Querían un rey.

“No, ustedes deben permitir que Dios sea su rey”, les decía Samuel. Pero la gente no lo escuchaba. “Está bien”, les dijo Samuel. “Tendrán un rey. Ahora regresen a casa”.

En esa época vivía un hombre muy bien parecido que pertenecía a la tribu más pequeña de Israel. Se llamaba Saúl. Al padre Saúl se le había perdido unos burros, por lo que envió a sus hijos a buscarlos.

Saúl y su ayudante buscaron los burros por todas partes. No pudieron encontrarlos. Saúl estuvo ausente durante muchos, muchos días. Al fin, quiso regresar a casa. Su ayudante le dijo: “Cerca de aquí vive un hombre de Dios. Es muy sabio. Quizás deberíamos preguntarle si sabe dónde están los burros”.

Los dos hombres se dirigieron a casa de Samuel. Sucede que el día anterior, Dios le había dichos a Samuel: “Un forastero llegará a tu casa mañana. Él es el que se convertirá en el rey de mi pueblo”.

Samuel se pasó todo el día esperando al forastero. Cuando Saúl lo vio, de pie en la entrada, le preguntó: “¿Sabe usted Dónde está el hombre de Dios?”

“Soy yo”, le dijo Samuel. “Y el señor ya me ha hablado de ti. Tus burros están a salvo. Ven conmigo a la cima de aquella de colina”, le dijo Samuel mientras señalaba. “Ahí están dando un banquete. Tú `puedes sentarte en la cabeza de la mesa. Algún día te convertirás en un hombre muy importante”.

Saúl apenas podía creer lo que oía mientras seguía a Samuel hacia la colina.

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