Ana deja a Samuel con Elí

Ana tomó a Samuel de la mano. Se detuvieron en la entrada de la tierra en Silo donde la gente adoraba al señor. Ana llamó a Elí. Cuando apareció el anciano, Ana le dijo: “¿Me recuerdas? Soy la mujer cuyas oraciones bendijiste hace tres años. Estaba pidiendo tener un hijo. Mira la forma en que el señor contestó mis oraciones”. Ana miró a Samuel y le sonrió.

Samuel sabía que él era un niño especial. Le pertenecía a Dios. Sabía que en adelante el sacerdote Elí lo cuidaría. Samuel no tenía miedo. Su padre le había dicho que Dios lo cuidaría no importa dónde estuviera. Samuel confiaba en ella y en el señor. Además ella lo visitaría todos los años cuando la familia viajaría a Silo.

Samuel sabía que ya era un niño grande. No lloró. Tan solo miraba a Elí y después a su madre. Elí esperaba que ella le soltara la mano. “Entonces quizás llore”, se dijo.

Ana le habló a Elí de la promesa que le había hecho a Dios. Elí asintió. Él se agacho y esturó los brazos hacia el muchacho. Samuel vio los ojos bondadosos del anciano Elí, el sacerdote. Entonces sintió que estaba en buenas manos.

Preparación para el sacerdocio

El pequeño Samuel se sentía feliz viviendo con el sacerdote Elí era como un padre para Samuel.

Además, los propios hijos de Elí eran ambiciosos y egoístas. A ellos no les importaba Dios, pero a Elí y Elcaná sí.

Cada año, Ana y Elcaná le llevaban una túnica nueva a Samuel. Cada vez que Samuel se sentía un poco nostálgico, se ponía su túnica y pensaba en que su madre lo abrazaba.

Samuel ayudaba a Elí en el templo. Su trabajo era mantener todas las lámparas encendidas. Aprendió sobre los distintos tipos de ofrendas que Elí le hacía a Dios.

Samuel también aprendió que orar es como hablar con Dios. Sin embargo, a veces se preguntaban por qué no oía a Dios.