Una mujer fiel

Orfa se acercó a Noemí y le dijo: “Haré lo que tú quieras. Regresaré con mis padres”. La anciana la abrazó. Abrazadas, lloraron. Sabían que nunca se volverían a ver. Orfa recogió sus cosas y se fue.

Pero Ruth se negaba a partir. Puso la mano en el hombro de Noemí. Le dijo que se quedaría, sin importar lo que pasara. En el fondo del corazón, Noemí estaba feliz de que Ruth quisiera quedarse. Noemí sabía que se convertiría en mendiga, sin nadie que le ayudara. Sin embargo. Ella quería lo mejor para Ruth. “también debes irte, Ruth”.

Rut le suplicó a Noemí: “No, ahora eres mi madre. Por favor, Noemí, déjame ir contigo. Iré donde tú vayas. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios, mi Dios”. Ruth conocía al único Dios verdadero. Su esposo le había hablado de Dios y ella confiaba en él. “Por favor, Noemí”, le suplicaba Ruth, “no quiero estar lejos de ti nunca. Dios cuidará de nosotras”

Noemí por fin accedió. Las dos partieron hacia Belén. Ahí era donde había crecido Noemí. Cuando llegaron, todos los ancianos recordaban a Noemí. “¿Eres tú en verdad?”, le preguntaron.

“Noemí, ¡has regresado! ¡Qué alegría verte de nuevo!”

Los viejos amigos la abrazaban y muy pronto se corrió la noticia.

“¡Noemí ha regresado a casa! Y trajo consigo a su nuera”.