Rut sale a trabajar

Noemí estaba feliz de estar de regreso en casa. Sin embargo, sabía que ella y Rut tenían que ver en qué forma se ganarían el alimento. A la mañana siguiente Rut le dijo a Noemí: “Y no tenemos más comida. Empezó la cosecha de cebada. Iré al campo a ver si ha quedado algo de grano. Traeré lo que encuentre”.

Noemí asintió. “Anda, hija mía”. Ella oró para que Rut encontrara un poco de grano para comer.

Salir sola a buscar trabajo en un sitio extraño era un gesto muy hermoso de Ruth. Demostraba cuánto confiaba realmente en que Dios le ayudaría.

Rut se fue al campo de un hombre rico llamado Bóaz. Por casualidad, Bóaz era de la misma familia que Noemí. Cuando Bóaz vio a Rut, la llamó.

“Por favor, señor”, le dijo Rut. “¿Puedo recoger la cebada que no recojan sus empleados?”

“Claro. Por su puesto”, le dijo Bóaz. “Sé que has sido muy buena con tu suegra. Te ayudaré en lo que pueda”

Entonces Bóaz les ordenó a sus empleados que compartieran el grano con ella.

Ese día Ruth trabajó mucho y recogió una canasta llena de cebada. Eso era más que suficiente para ella y Noemí. Llevó la canasta a casa en la noche, además de la comida que había sobrado del almuerzo.

“¡Rut!” A Noemí casi se le salían los ojos. “Rut, ¿Dónde conseguiste tanta comida?”

“Ay, Noemí conocí un hombre muy bueno y amable. Se llama Bóaz y me ayudó. Dijo que cuando quisiera podía ir a recoger el grano que sobraba en sus campos”.

Entonces, por primera vez en muchísimos meses, Noemí sonrió. Le dijo: “Oh, Rut. Bóaz es un miembro de mi familia. Si Bóaz nos está cuidando, entonces el señor por fin nos está bendiciendo de nuevo”.

Las mujeres se sentaron a comer. Le dieron gracias a Dios por cuidar tan bien de ellas. También oraron para que Dios fuera bueno con Bóaz, que había sido tan generoso con ellas.

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