¿Quién dio más?

Jesús se dirigió a la parte del Templo llamada la tesorería. Ahí llegaba la gente y ponía dinero en una caja especial. Esa era la forma de devolverle a Dios lo que les había dado. Al menos era la forma en que se suponía debía hacerse. Pero los líderes religiosos convirtieron la tesorería en un lugar donde los pobres se hacían más pobres. Ahí los ricos parecían muy santos porque daban mucho dinero. Daban el dinero del que podían desprenderse muy fácilmente.

Jesús y dos de sus discípulos se sentaron a observar. Vieron que llegó una mujer pobre, una viuda. Casi no tenía nada. No dio mucho dinero como sí lo habían hecho los ricos. Depositó dos monedas de cobre pequeñas en la caja. Si acaso valían unos cuantos centavos.

“¿Vieron eso?”, les preguntó Jesús a sus discípulos. “La verdad es que esta pobre viuda dio más dinero que todos los otros donantes juntos.

Ellos tan solo dieron un poquito de lo que les sobraba. Dieron aquello de lo que podían desprenderse sin problemas. Ella dio todo lo que le quedaba. Cuando dio esas dos monedas, dio todo lo que tenía”.

La pobre mujer había dado por amor. Ella confiaba en que Dios le recompensaría la ofrenda. Sabía que él la ayudaría a seguir, inclusive después de quedarse sin nada. Creía en Dios y lo amaba lo suficiente como para dar lo último que tenía. Esa confianza vale más que todo el dinero del mundo.

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