Lázaro vive

Poco tiempo después, Jesús se enteró que su amigo Lázaro estaba muy enfermo. Jesús esperó unos pocos días para ir a visitarlo. Cuando él y sus discípulos llegaron a la casa de Marta y María, ya Lázaro había muerto.

Marta le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí mi hermano Lázaro no habría muerto. Sin embargo, yo sé que todo lo que le pidas a Dios, él te lo concederá”.

Jesús le dijo que Lázaro se levantaría de nuevo. Pero Mana no entendió lo que él quiso decir. Jesús dijo. “El que cree en mí no morirá jamás”.

Cuando María vio a Jesús, cayó a sus pies. “Señor, si hubieras estado aquí él no habría muerto”. Ella lloraba y lloraba. Cada lágrima rodaba hasta llegar al suelo.

Cuando Jesús vio lo dolidos que estaban todos, él también lloró.

“¿Dónde lo enterraron?”, preguntó. Lo llevaron hasta una cueva que estaba cerrada. “Quiten la piedra de la entrada”.

Una vez que abrieron la cueva, Jesús le dio gracias a Dios. Luego dijo con una voz muy fuerte: “Lázaro, ¡sal de ahí!”

De repente, una silueta extraña y tambaleante salió de la cueva. Estaba todo cubierto de vendas. “Suéltenlo y déjenlo libre”, dijo Jesús.

María y Marta fueron presurosas hacia Lázaro. A duras penas se atrevían a tener la esperanza de que dentro de los vendajes blancos encontrarían a Lázaro vivo. Cuando lo dejaron al descubierto, todos gritaron. Todos lloraron mucho más que antes. ¡Era Lázaro! ¡Y estaba vivo! Los tres le dieron las gracias a Jesús.

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