Un viaje al otro lado de las montañas

Isabel, la amiga de María, era una mujer muy, muy anciana. Durante muchos años, ella y su esposo habían querido tener un bebé. Ahora por fin Isabel iba a tener uno. Dios le había dicho que el bebé sería muy especial.

Después de que Gabriel la visitó, María salió de su casa en Nazaret, que quedaba en Galilea. Viajó al sur, a Judea, para visitar a Isabel.

Cuando María llegó, le saludó: “¡Hola, Isabel!”

Al oír la voz de María, Isabel salió corriendo de su casa por primera vez en mucho tiempo. Gritó: “María, tú has sido bendecida por Dios. ¡Sé que eres madre de mi señor! Lo sé porque cuando me saludaste, mi bebé brincó de alegría dentro de mí. Eres tan especial, María. El propio hijo de Dios vive en ti”.

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