Junto al pozo

Después de visitar a Isabel, María se fue a su casa de Nazaret. Ella sabía que pronto tendría que decirle a José que iba a tener un bebé. Oró para que Dios lo preparara para esa noticia. María amaba a José y no quería lastimarlo.

Cuando llegó a casa, le envió un mensaje. Le dijo que se encontrara con ella en un viejo pozo que había fuera del pueblo. Cuando él llegó, María le dijo: “José, sucedió algo asombroso. Pero es verdad”.

José se preguntaba por qué María estaba tan seria. ¿Por qué sería tan importante que se reunieran donde nadie pudiera escucharlo?

“Bueno”, continuó diciendo María, “Dios me ha bendecido mucho. En realidad no sé por qué. Me ha escogido para ser la madre del Mesías, su hijo. El bebé que llevo dentro ya tienen tres meses”. María contuvo la respiración. Ella tenía la esperanza de que José comprendiera.

“Ay, María…”. Le dijo José, volviendo la espalda. “La amo tanto”, se dijo él, “pero ahora no puedo hacerla mi esposa”. José no sabía si debía creerle o no a María.

De nuevo la miró. María parecía estar segura. José se alejó de la muchacha. Trató de pensar en la forma de cancelar la boda sin lastimar demasiado a María. Se había hecho tantas esperanzas y había pensado en tantos planes. Pero ahora todos se derrumbaban.