Moisés y Elías

Seis días después, Jesús llamó a Pedro y a los dos hermanos, Santiago y Juan. ¡Les tenía una gran sorpresa! Juntos subieron a orar en la cima de una montaña cercana. Cuando llegaron a la cumbre, Pedro, Santiago y Juan se acostaron a descansar sobre el césped.

Cuando se estaban quedando dormidos, Jesús comenzó a orar. De repente, ¡Él se veía muy diferente! El rostro de Jesús parecía emitir luz. Las ropas se tornaron de un color blanco cegador y brillaban como el relámpago.

Luego, de la nada, aparecieron dos hombres. Ahí estaba Moisés, el hombre que había sacado al pueblo de Israel de Egipto y que había recibido los Diez Mandamientos de Dios. Y ahí también estaba Elías, el más importante de todos los profetas.

Moisés había muerto cerca de 1.500 años antes. Elías había subido al cielo casi mil años antes. Ahora habían dejado el cielo por unos breves momentos y habían regresado a la tierra para hablar con Jesús.

Los tres discípulos se despenaron con un sobresalto. “¿Qué pasó?”, dijeron casi sin aliento. Oyeron que Jesús hablaba del momento que llegaría pronto, cuando él iría a Jerusalén y luego los dejaría.

Pedro tenía miedo. Le dijo: “Maestro, esto es demasiado bueno para ser cierto. Construyamos tres cabañas. Una para ti, una para Moisés y una para Elías”. Él quería que los dos hombres importantes se quedaran más tiempo.

Pero en ese momento, una nube brillante descendió sobre la montaña. Parecía que un torbellino de neblina giraba a sus pies. Una voz salió de la nube y dijo: “Este es mi Hijo, el Escogido por mí. ¡Obedézcanlo!”

Los discípulos estaban aterrorizados. Cayeron de bruces al suelo.

Cuando la voz calló, Jesús se acercó y les dijo: “Está bien. Ya se pueden levantar. No hay razón para temer. Abrieron los ojos muy lentamente. Parecía como si nada hubiera pasado.

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