Guardias en la tumba

José puso el cuerpo de Jesús en su tumba. Él y los otros amigos de Jesús lo envolvieron en un lino. Pusieron especies aromáticas entre los dobleces. Las mujeres querían ungir el cuerpo de Jesús con cremas especiales, pero se les estaba acabando el tiempo. Cuando el sol se pusiera, tendrían que irse. Todos lloraron. Tenían los corazones apesadumbrados, tristes. Jesús estaba muerto.

El cuerpo de Jesús estaba a salvo en la tumba. Los líderes religiosos fueron donde Pilato. “Señor”, le dijeron, “Jesús dijo que volvería de nuevo a la vida después de tres días. Por favor ordene que sellen la cueva y pongan un guardia. De otro modo, los discípulos podrían llegar y robarse el cuerpo. Entonces le podrían decir a la gente: ‘Ven, se ha levantado de entre los muertos’. ¡Esta mentira sería peor que todas las otras!”

Pilato les dijo: “Muy bien. Pueden contar con algunos de mis soldados para que vigilen la tumba. Ahora vayan a asegurarse de que la tumba esté bien cenada”.

Cenaron la cueva. Pusieron soldados romanos a vigilarla. Luego sellaron la piedra. Mientras lo hacían, se decían a sí mismos: “Ahora no hay forma de que puedan decir que él se levantó de entre los muertos. Nos hemos asegurado de que así sea”. Pero a estos líderes religiosos les esperaba una gran sorpresa.

La tumba vacía

Era la mañana después del sábado. Todavía estaba oscuro cuando las mujeres se dirigieron a la tumba.

María Magdalena y las demás habían estado esperando este momento.

Ahora podrían por fin regresar a la tumba de Jesús para ungir su cuerpo.

Una mujer le preguntó a María Magdalena: “Pero, ¿cómo vamos a mover la enorme piedra? ¿Cómo entraremos en la cueva?”

“No sé”, suspiró María. “Veremos la forma de hacerlo. Tenemos que hacerlo”.

Justo cuando amanecía, las mujeres llegaron al borde del jardín. Llevaban sus botellitas de perfume y de preciados aceites. Conforme el sol se asomaba en el horizonte, las mujeres se acercaban más a la tumba.

De repente, la tierra tembló. ¡Era un terremoto! Los soldados que Pilato había enviado a cuidar la tumba cayeron al suelo.

Un ángel del Señor descendió de los cielos. El ángel se dirigió a la entrada de la tumba. Hizo a un lado la piedra que cubría la entrada. Se sentó sobre la piedra. El ángel brillaba como el relámpago. Sus ropas eran blancas como la nieve.

“No tengan miedo”, les dijo el ángel a las mujeres. “No hay por qué estar asustadas. Sé que buscan a Jesús. Él no está aquí. Él ha vuelto a la vida, tal y como dijo que lo haría. Entren y vean el lugar donde estuvo su cuerpo”. El ángel extendió un brazo hacia las mujeres. Las invitó a que entraran en la tumba.

María Magdalena puso los accites en el suelo. Se levantó. Tomó de la mano a otra de las mujeres.

“Vamos”, le susurró. “Tenemos que ir a ver”.

Entraron lentamente en la cueva. “¡Ay, no!”, gritó María Magdalena. “¡No está! ¡Se lo llevaron!”

“Nadie se lo ha llevado. ¡Jesús está vivo! Sí, ¡resucitó de entre los muertos!”, les dijo el ángel. “Ahora, apresúrense y díganles a sus discípulos que él se reunirá con ellos en Galilea. Asegúrense de que Pedro se entere de la noticia”.

.Las mujeres se alejaron de la tumba tan rápido como pudieron. Se fueron en diferentes direcciones. Nunca antes se habían sentido tan felices ni tan asustadas.

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