La fe de una extranjera

El plan que Dios tenía para Jesús en esa época era que primero le enseñara al pueblo de Israel. Después, la buena noticia del amor de Dios le sería llevada a todas las demás personas del mundo.

Muchos judíos decidieron no créele a Jesús. Hubo otras personas que sí creyeron que Jesús era el Hijo de Dios. Una de ellas era una mujer que tenía una niña muy enferma. Esta mujer fue a la casa donde estaba Jesús. Se arrodillo a sus pies y le suplicó: “¡Por favor, ayúdeme! ¡Mi hija está muy enferma!”

Jesús no dijo ni una palabra. Quería ver cuánto creía ella en él. Del mismo modo, algunas veces Dios no responde de inmediato a nuestras oraciones. No dice que no.

Nos dice que esperemos. Así es como crece y se fortalece nuestra fe, del mismo modo que lo hacen nuestros músculos cuando hacemos ejercicios.

Otra razón por la que Jesús se quedó callado era que la mujer no era judía. Todavía no era el momento de predicarles a los que no eran judíos, ni de sanarlos. Fue muy difícil para Jesús alejarse de la mujer.

“¡por favor, Señor! ¡Por favor sane a mi hija!”

Los discípulos le dijeron: “¡Aléjela! Está haciendo demasiado ruido”.

“En este momento solo debo cuidar de los judíos”, le dijo Jesús a la mujer. “No está bien tomar el pan de los hijos de Dios y dárselo a los perros”.

Pero ella le dijo: “Sí, Señor. Pero hasta los perros se alimentan de las sobras que caen de la mesa del dueño”. Cuando Jesús oyó esa respuesta, sintió que el amor le llenaba el corazón.

“Mujer, tu fe es muy grande. Por esta respuesta que me diste, tu hija está sana otra vez. Vete a casa”. La mujer hizo lo que Jesús le dijo. Cuando llegó a la casa, encontró a su hijita dormida en la cama. ¡Ya estaba mejor!

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