Hacia un sitio tranquilo

Pocos días después de enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús tuvo que salir y ayudar a una gran multitud. Ni siquiera tenía tiempo para comer. Estaba muy triste porque su primo Juan había muerto. Entre más lo llamaban las multitudes, más cansado se sentía.

Entonces Jesús llamó a Pedro. Señaló una barca que estaba anclada cerca y le dijo: “Necesito estar solo. Alejémonos un rato a descansar”. Jesús y sus discípulos se alejaron a un lugar solitario. Ahí oraron unos por otros. Dios los fortaleció y los hizo sentir más seguros de lo que estaban haciendo.

Pero la multitud sabía que Jesús se había ido a alguna parte. Trataron de averiguar dónde estaba. No pasó mucho tiempo antes de que más y más gente se aglomerara a la orilla del lago. Estaban a la espera de la barca. Cuando vieron que la barca de Jesús regresaba, se oyeron los gritos de alegría de la gente. Había personas de muchas ciudades corriendo de un lado a otro en la playa.

 Enseñanzas para las multitudes

Cuando por fin llegó a tierra la barca que llevaba a Jesús y a sus discípulos, muchos fueron a recibirlos. “¡Jesús! ¡Jesús!”, lo llamaban.

Durante toda la tarde, él les contó historias. Les habló del amor de Dios. La multitud era tan grande que se extendía centenares de metros. El sol brillaba y las aves cantaban. Era un día muy hermoso. Había gente sentada en la arena y en el césped. Escuchaban atentos y veían cómo Jesús sanaba a los enfermos y oraba por ellos. En cierta forma era como un enorme almuerzo campestre al aire libre.

Pero faltaba algo. En un almuerzo campestre siempre hay comida. Conforme transcurría la tarde, más y más personas se quejaban del hambre. Ya al final de la tarde, los discípulos se le acercaron a Jesús. Le dijeron que debería mandar la gente a casa de modo que pudieran comer algo. “Al menos permítales que vayan a buscar algo de comida en los pueblos cercanos”, le dijeron.

Comida para los hambrientos

Jesús miró a los miles de personas a su alrededor. La gente estaba muy feliz por todo lo que habían aprendido ese día. Él todavía no quería terminar con sus enseñanzas. Le dijo a Felipe: “Donde podemos comprar suficiente comida para toda esta gente?”

Felipe se quedó mirando a Jesús. “¡Pero habría que trabajar ocho meses para pagar la comida que toda esta gente necesitaría! Pero aun así, sólo alcanzaría para unos cuantos pedazos de pan para cada uno”.

Entonces Andrés, el hermano de Pedro, se acercó a Jesús. “Aquí hay un joven que tiene cinco panes y dos pescados. Pero eso no es nada ¿verdad?”

Los discípulos de Jesús no lo sabían, pero él tenía una razón para pedirles que alimentaran a la multitud. Estaba tratando de darles una lección más de esperanza en el amor de Dios.

El almuerzo de una joven sirvió para alimentar a miles

Jesús le dijo a la gente que se sentaran en pequeños grupos. Después le dio gracias al joven que había donado su pan y sus pescados. Jesús levantó los panes y los dos pescados.

Todos dejaron de conversar. Jesús levantó la mirada y le dio gracias a Dios por darles algo de comer. Bendijo la comida y partió los panes. Luego los pasó a los discípulos para que los repartieran entre la gente.

¡Entonces sucedió algo muy especial! Jesús les daba más y más y más pan a los discípulos. Cuando se vaciaban las canastas que llevaban los discípulos, regresaban donde Jesús. Entonces él ponía más pan y pescado en las canastas. ¡Y ponía más y más! Hasta que, por fin, todos los miles y miles de hombres, mujeres y niños comieron suficiente. Hasta sobraron doce canastas de pan y pescado. ¡Era un milagro!

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