Una segunda oportunidad

Jesús le regresó a Jerusalén. Ahí enseñaba en el Templo. Uno mañana, los líderes religiosos arrastraron a una mujer hasta él. Ella sollozaba de miedo. Los hombres la lanzaron a los pies de Jesús.

“Maestro”, le dijeron, “esta mujer fue encontrada con un hombre que no es su esposo. Las leyes que Moisés nos dio dicen que debemos lanzarle piedras hasta que muera. ¿Qué dice usted?”

La mujer ni siquiera levantó la 1 cabeza. Ella y el hombre con quien estaba, habían hecho algo muy malo. Al acostarse con alguien que no era su esposa ni su esposo, los dos le habían hecho daño a sus propios matrimonios.

Jesús se inclinó y escribió en el polvo. “¿Y bien?”, le preguntaron los líderes religiosos. “¿Qué cree que deberíamos hacer con ella?”

Jesús se puso de pie y dijo: “Que la persona que nunca haya hecho nada malo sea la primera que le lance una piedra”. Jesús les estaba enseñando a no juzgar a los demás.

Los hombres se volvieron a ver entre sí. Todos sabían que cada uno había hecho algo malo. Después de todo, nadie es perfecto. Entonces, uno a uno, se fueron alejando. Los más viejos se alejaron primero. Luego se fueron los jóvenes.

Finalmente, hasta los líderes religiosos se volvieron y se alejaron. Nadie dijo ni una palabra. Al final, Jesús quedó a solas con la mujer. Ella se arrodilló en el suelo junto a él. “Mujer”, le dijo Jesús, “¿nadie te ha castigado?”

Ella levantó la cabeza y miró a su alrededor. Su cabello estaba en desorden. “No, nadie, Señor”, contestó entre dientes.

Jesús le dijo: “Entonces yo tampoco te castigaré. Pero nunca vuelvas a hacer esto. Arrepiéntete. Regresa con tu esposo y Comienza de nuevo”.

La mujer comenzó a llorar. Pero esta vez sus lágrimas eran de gozo y no de miedo.

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