El leproso sanado

Una vez que Jesús pasaba por un pueblo, diez leprosos lo estaban esperando. Habían oído que quizás él pasaría por ahí. Tenían la esperanza de que él los sanara.

Como eran leprosos no se les permitía acercarse a la orilla del camino. Lo llamaron desde lejos: “¡Jesús! ¡Maestro! ¡Tenga misericordia de nosotros!” Se cubrían la cabeza y llevaban velos que les tapaba el rostro. Hacían esto para que nadie tuviera que ver las heridas tan horribles que tenían por ser leprosos. Le suplicaron a Jesús que los sanara.

Jesús señaló en dirección al pueblo. “Vayan y preséntense ante los sacerdotes”. ¡Esta era otra forma de decirles a los leprosos que estaban sanados! Solo los que habían sido sanados podían ir a ver a los sacerdotes.

Los hombres hicieron lo que Jesús les dijo. Mientras se dirigían al Templo para ver a los sacerdotes, sintieron que algo extraño sucedía. Sentían la sangre bullir por las piernas y los brazos. Una extraña sensación de calor les subía y les bajaba por la espalda. Un hombre su subió las mangas y vio que de nuevo tenía la piel sana.

Entonces gritó: “¡Alabado sea Dios! ¡Alabado sea el Señor Dios Todopoderoso! ¡Estoy sanado! ¡Ya estoy bien!”

Luego se volvió. Tan rápido como pudo, regresó corriendo donde Jesús estaba enseñando. Cayó a los pies de Jesús y abrazado a ellos decía: “¡Gracias! ¡Gracias!”

 ¿Por qué no decir gracias?

Jesús miró al hombre que cantaba alabanzas de agradecimiento a Dios. Le dijo: “¿Pero no fueron diez los que fueron sanados? ¿Dónde están los otros nueve?” Después Jesús le dijo: “Ya puedes irte. Tu fe te ha salvado y te ha sanado”.

¿Por qué solo un hombre regresó? Puede ser que los otros nueve no regresaran a dar las gracias por la misma razón que la gente no le da gracias a Dios hoy.

Quizás un leproso simplemente se olvidó de darle gracias a Dios. Otro quizás era muy tímido. Tal vez uno de ellos era demasiado orgulloso.

Quizás otro leproso estaba tan feliz de verse sanado que se extravió y no pudo encontrar de nuevo a Jesús. Puede ser que uno estuviera demasiado ocupado. Tenía mucha vida que recuperar.

Tal vez uno de los leprosos no haya regresado a decir gracias porque el sacerdote le dijo que no tenía que hacerlo. Este hombre siempre hacía lo que otros le decían que hiciera, sin pensar por sí mismo. El séptimo leproso quizás no haya dicho gracias porque no entendía lo que le había pasado. Tal vez el octavo leproso no haya regresado a ver a Jesús porque simplemente no veía la razón para hacerlo. Nunca le había dado las gracias a nadie por nada.

Quizás el último leproso estaba tan contento que ni se daba cuenta de hacia dónde iba. Sólo un leproso de los diez descubrió que Jesús sana todo nuestro ser. Al igual que sucede tan a menudo, los otros no apreciaron realmente el don que Dios les dio. Dios a menudo nos da lo que necesitamos. ¿Con cuánta frecuencia le damos gracias a Dios?