Un acto especial

Un día, un fariseo llamado Simón invitó a Jesús a cenar. Los fariseos eran líderes religiosos. A muchos de ellos no les gustaba Jesús porque él les enseñaba a todos el amor de Dios.

Mientras Jesús comía con Simón, entró una mujer a la casa. Los invitados dijeron: “Miren, ahí está esa mujer tan mala”.

La mujer se dirigió donde Jesús y se arrodilló frente a él.

“¿Qué va a hacer?”, preguntó Simón, casi sin aliento.

Jesús no dijo nada. La mujer estaba llorando. Las lágrimas corrían por su rostro y llegaban hasta los pies de Jesús. Después, ella le secó los pies con su cabello.

Aun así, Jesús no decía ni hacía nada. Esperaba que ella terminara.

Pero Simón, el fariseo, pensó para sí: “Si Jesús fuera en realidad un profeta, sabría lo mala que es esta mujer”. Después la mujer buscó en su vestido una pequeña botellita de perfume muy, muy caro. Era el tipo de perfume que una mujer judía atesoraba toda su vida y reservaba para ocasiones especiales. Derramó el perfume en los pies de Jesús. Esto quería decir que ella lo consideraba su Rey. La habitación se llenó del delicioso aroma. Simón estaba cada vez más disgustado. Jesús sabía lo que él estaba pensando. “Simón”, le dijo, “quiero contarte una historia.

“Había una vez dos hombres. Uno le debía una gran cantidad de dinero al prestamista. El otro le debía poco. Como ninguno pagaba lo que debía, el prestamista los perdonó a los dos. Entonces, ¿cuál de los dos lo amará más?”

Simón dijo: “El que le debía más”. “Así es”, dijo Jesús. “Ahora, mira a esta mujer. Cuando entré a tu casa, no me diste agua para limpiarme los pies. Ella los humedeció con sus lágrimas y los secó con su cabello.

“Tú no me diste un saludo caluroso. Ella en cambio ha besado mis pies constantemente. ¿Te das cuenta? Sus pecados, que son muchos, le han sido perdonados porque ella tuvo mucha fe en mí. Aquel a quien se le perdona poco, ama poco”.

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