El gran desfile

El día amaneció claro y brillante. Jesús les dijo a sus discípulos: “Hoy entraremos en Jerusalén”. Cuando los conducía hacia las puertas de la ciudad, sucedió algo sorprendente.

¡La multitud alrededor de Jesús se hacía más y más grande! Cientos y miles de personas salían de la ciudad para darle la bienvenida. Gritaban y vitoreaban, llamándolo Hijo de David. ¡Era justamente la bienvenida para un rey!

Justo en las afueras de Jerusalén había una colina boscosa llamada el Monte de los Olivos. Cuando Jesús llegó a este lugar, envió a dos de sus discípulos a que consiguieran un burro. Se lo llevaron y Jesús entró a Jerusalén montado en un burro.

Muchas personas cortaron hojas de las palmeras de las cercanías. Agitaban las palmas para Jesús. Lo veían como su rey, uno que podría liberarlos de los romanos.

Pero Jesús no es esa clase de rey. Por eso entró a la ciudad montando un burro y no el caballo de un general. Trataba de demostrarles a las personas que su misión era de paz. Él era el rey, montado en un animal de carga. La gente del reino de Jesús son los oprimidos de este mundo. Son los que deciden ir a él y pedirle ayuda.

¡Jerusalén! ¡Jerusalén!

Cuando Jesús entró a Jerusalén, parecía que toda la ciudad vitoreaba al unísono: “¡Gloria al Hijo de David!”

“¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”

Otros gritaban: “¡Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea!”

Los líderes religiosos, sin embargo, no se sentían muy felices. “Tú ves”, se decían unos a otros, “todo el mundo lo sigue ahora”.

Se enojaban mucho, especialmente cuando la gente gritaba: “¡Bendito sea el rey que viene en nombre del Señor!”

“¡Dígales que dejen de llamarlo así!”, le gritaban a Jesús.

Él se volvió y los miró. “Si hiciera eso, las propias piedras de Jerusalén gritarían lo mismo. ¡No pueden detenerlos!”

Luego Jesús contempló toda la ciudad de Jerusalén. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Lloraba por Jerusalén, la Ciudad de David, la Ciudad de Dios. “¡Ay!, si tan solo pudieran creer lo que ven hoy. ¡Pero se volverán ciegos y sus enemigos los destruirán!

“A pesar de que la gente lo vitoreaba, Jesús sabía que pronto lo traicionarían. Lloraba por el desastre que causarían las malas decisiones que iban a tomar. Lloró de amor por las mismas personas que pronto pedirían a gritos su muerte.

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