Los espías se escapan

Los espías israelitas miraron a su alrededor. Vieron a la mujer que estaba de pie al otro lado de la habitación. “Yo los esconderé”, les dijo. “Síganme”.

La mujer de Jericó llevó a los espías al techo de la casa. Ahí les mostró dónde esconderse. Los espías esperaron hasta que anocheciera.

Cuando el rey de Jericó oyó que había espías, les ordenó a los soldados que buscaran por toda la ciudad. Pronto llegaron a la casa donde se escondían los espías.

Los soldados entraron en la casa de la mujer. “Sí, estuvieron aquí, pero ya se fueron. Si se apuran, los podrán alcanzar”, dijo ella.

Los guardias se apresuraron a salir de la casa. Llegaron a la puerta de la ciudad antes de que la cerraran.

Ahora no podrían regresar a la ciudad hasta la mañana siguiente.

“¡Rápido!”, les dijo la mujer a los israelitas. “¡Rápido, que ahora es su oportunidad. Apúrense y salgan ahora que los soldados no están!”

Los dos hombres bajaron de su escondite. “Sé todo sobre ustedes, gente de Israel”, les dijo. “Dios está de su parte. Él bendice todo lo que ustedes hacen. Todos los hombres de Jericó tienen miedo a luchar contra ustedes”.

“si los ayudo a escapar, ¿se acordarán de mí y no me harán daño cuando ustedes conquisten Jericó?”

“Nuestras vidas por la suya”, respondieron los hombres. “Sí. La salvaremos si nos ayuda a salir de aquí”. La mujer asintió con la cabeza. Entonces los hizo subir atro tramo de escaleras.

Salvados por una cuerda roja

Los hombres subieron por las escaleras angostas hasta llegar a una pequeña habitación. “Así es como van a escapar”, les dijo la mujer. Señaló hacia una pequeña ventana. Esa parte de la casa era en realidad parte de la muralla que rodeaba a Jericó. La mujer les dio una cuerda. “si bajan por aquí, caerán en las afueras de la ciudad.

Vayan hacia las colinas. Permanezcan escondidos durante tres días”.

Los hombres tomaron la cuerda.

“¿Cómo se llama usted?”

“Soy Rahab”.
“Rahab, cuando ataquen los israelitas, ate esta cuerda roja a la ventana. Nos aseguraremos de que no se lastime a nadie que viva aquí cuando ataquemos Jericó”.

El otro espía murmuró: “Pero si habla y nos apresan, nuestro ejercitó no se compadecerá de usted”.

Ella asintió con la cabeza. Los hombres abrieron la ventana y ataron la cuerda roja a una columna. Así salieron de la casa. Al bajar, apoyaban los pies contra la muralla.

Cuando llegaron al suelo había sonado ninguna alarma. Luego desaparecieron en la oscuridad.

Rahab subió la cuerda y la guardó.

Ella sabía que ése era su boleto de seguridad. Si Dios quería que la gente de Israel capturara Jericó, entonces de seguro lo harían.

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