En la frontera de la tierra prometida

Los espías de José Israel se escondieron por tres días. Cuando se sintieron a salvo. Regresaron corriendo al campamento y se presentaron ante Josué.

“Esto es demasiado bueno para ser cierto”, le dijeron los hombres. “esta mujer nos ayudó nos dijo que todos los hombres de Jericó nos tienen miedo. La ciudad es nuestra”.

Entonces los tres hombres bajaron la cabeza y le dijeron gracias a Dios por ayudarlos. Cuando Josué terminó de orar, volvió la mirada hacia sus hombres.

“invadiremos Jericó dentro de pocos días. Hoy, sin embargo, es el día que hemos esperado tanto tiempo”. Al principio los oficiales no entendían lo que querían decir.

Entonces, vieron una gran sonrisa en la cara cubierta de barba de Josué.

“¡Hoy es el día que el señor nos conducirá hacia la tierra prometida!”

Los hombres entendieron la orden y se corrieron donde los otros líderes.

Les dieron la noticia a todos los que estaban en el campamento. La noticia pronto corrió de un extremo a otro: “¡Hoy es el día!”

La gente estaba muy emocionada. Habían contado los días que estuvieron esperando. ¡Se habían acabado los cuarenta años de vagar de un lado a otro!

La travesía por el río Jordán

Josué les ordenó a los sacerdotes que llevaran el arca al otro lado del río. Cuando los pies de los sacerdotes tocaron el agua, las olas retrocedieron. El agua formó una inmensa pared. Un camino seco se formó frente a los sacerdotes.

Caminaron hasta la mitad del río. Ni una gota de agua les tocó.

“¡Estaban completamente secos!” Entonces Josué le dijo a la gente que los siguieran. Una a una las familias, los camellos, todas las personas, los burros y el ganado, atravesaron el Río Jordán ese día. Al caminar, pasaron juntos a los sacerdotes que llevaban el arca.

El pueblo de Israel tardó todo el día en pasar junto a los sacerdotes. Al otro lado estaba la nueva tierra.

Cuando todos cruzaron el río, Josué miró desde la colina donde había estado observándolo todo. Él recordó la promesa que Dios le había hecho a su antepasado Abraham.

Dios le había dicho: “Te convertiré en una gran nación. Serán más numerosos que las estrellas en el cielo. Esta tierra de Canaán te pertenecerá”.

Josué les dijo a los sacerdotes que fueran a la tierra firme. Tan pronto estuvieron a salvo, Dios hizo que las aguas se juntaran de nuevo. Los hijos de Abraham habían llegado a casa, a la tierra prometida.

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