La batalla que se ganó con trompetas

Josué sabía que pronto tendría que atacar Jericó. Oró a Dios pidiéndole ayuda. Entonces Dios le dijo un plan muy extraño Josué.

Josué les dijo a sus capitanes.

“tendremos un desfile”.

Ninguno de los soldados de Josué había luchado de esa manera antes.

¡Un desfile no era un batalla! Pero escucharon el plan de Dios según se explicó Josué.

“Sí”, dijeron, “intentemos eso. Haremos lo que Dios diga”.

Al día siguiente, los soldados se colocaron en fila. Realmente parecía un desfile. Al frente iban los sacerdotes que llevaban el arca. Luego iba Josué. Él guiaba a todos los soldados.

La gente de Jericó se vio que venían los soldados de Israel. Temblaban de miedo. “¡Ay!”, lamentaban, “esta será una batalla terrible. Todos moriremos porque Dios está de parte de ellos”.

Pero los israelitas los sorprendieron. No los atacaron. En vez de eso, se pusieron en fila y caminaron alrededor de la ciudad. Marchaban alrededor de la muralla que rodeaban la ciudad.

Y mientras marchaban, los soldados permanecían muy callados. Josué les había dicho que no hicieran ningún ruido. No hubo gritos de guerra no de ninguna clase, solo ciento y cientos de soldados en silencio. El único sonido era el que hacían los siete sacerdotes que tocaban las trompetas.

El ejército de Israel marchaba alrededor de Jericó. Luego regresaron al campamento y descansaron.

Al día siguiente, hicieron lo mismo. Durante seis días desfilaron alrededor de Jericó. Y durante todo ese tiempo no hicieron ningún ruido que no fuera el de las trompetas.

Luego, al séptimo día, Josué le ordenó a su ejército que marchara siete veces alrededor de Jericó.

Después de la séptima vez, cuando sonaron las trompetas, los soldados gritaron tan fuerte como pudieron.

“¡Pum! ¡Cataplún!” Ni siquiera habían terminado de gritar los soldados cuando ¡se desplomaron las murallas de Jericó! Dios había hecho otro milagro. El pueblo de Israel entró a la ciudad. Solamente una familia de Jericó salvó ese día: la de la mujer llamada Rahab.