La copa robada

A la mañana siguiente, los hermanos se fueron a casa. Iban felices. Habían rescatado a Simeón, habían comprado alimento para sus familias y habían cenado con un hombre importante. Lo mejor de todo era que Benjamín estaba a salvo.

No se imaginaban que José tenía un plan. Le había ordenado a un sirviente que escondiera su copa de plata en la bolsa de benjamín. Por eso los guardias del palacio lo persiguieron.

Los guardias galoparon hasta alcanzar a los hermanos. “Bájense de sus camellos y de sus burros”, les ordenaron.

“¿Qué hicimos mal?”, pregunto Rubén.

“Uno de ustedes se robó la copa de plata de nuestro amo”.

“pero ¿Por qué íbamos a robarla?”, dijeron los hermanos.

Los guardias revisaron los camellos y los burros uno a uno. El último que revisaron fue el burro en que viajaba Benjamín. Cuando revisaron la bolsa gritaron. El guardia levanto la copa de plata en el aire.

Los hermanos se quejaron: “¡Oh, no! Esto es terrible. Benjamín, ¿Qué hiciste?”

Benjamín estaba tan sorprendido que solo podía mover la cabeza.

“¡pero yo no lo tomé!”

Los guardias lo ordenaron regresar al palacio de José: “no fue nuestra intención llevarnos tu copa de plata. Por favor, perdónanos”.

“Ustedes pueden irse”, dijo José.

“Solamente el ladrón debe quedarse”.

Judá dijo: “pero nuestro padre morirá si no lo llevamos a Benjamín de regreso. Ya perdió un hijo. No podría soportar perder a este también”.

“por favor, te suplico que me dejes quedarme en vez de él. Por favor, si Benjamín se queda aquí, ninguno de nosotros podrá presentarse ante nuestro padre”. Judá se arrodillo.

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