Benjamín puede ir

El trigo de Egipto se acabó poco a poco. Ya casi no había nada. Jacob y sus hijos comían solo dos veces al día. Al poco tiempo, solo podía comer una vez al día.

Una y otra vez, los hermanos le pedían permiso a Jacob para regresar a Egipto. Después todo, Simeón todavía estaba allí. Pero Jacob siempre decía que no. Él sabía que eso sería despedirse de Benjamín.

Finalmente no tuvo alternativa sino pensar en su familia tan numerosa. Entonces dijo que sí. Y Judá, el hermano que había vendido a José como esclavo, dijo que él se ocuparía especialmente de benjamín.

“Nada le pasara”, le prometió a Jacob.

“Nada más para asegurarme”, dijo Jacob, “lleven el doble de dinero. Así podrán pagarle al egipcio por la carga de trigo anterior. Llévenle miel, perfume, pistachos y almendras de regalo”.

Tan pronto llegaron los hermanos a Egipto, fueron a ver a José. El no pudo más que admirar a su hermano Benjamín, que se había convertido en un joven apuesto.

“vengan, quédense en mi casa y cenaron juntos”, dijo José.

Después saco a Simeón de la cárcel.

Cuando los hermanos llegaron a la casa le comentaron al administrador sobre el dinero que se había encontrado cuando iba camino a su tierra. Él les dijo que no se preocuparan.

“¿Cómo está su padre?”, pregunto José mientras sostenía la respiración.

“Está muy bien”, contestaron los hermanos.

José miro nuevamente a benjamín. Extendió el brazo y puso la mano sobre la cabeza de Benjamín.

“Que Dios te acompañe, hijo mío”, le dijo. Luego se alejó. Los hermanos le hacían la reverencia, tal y como aparecía en el sueño que José había tenido tantos años antes.

De pronto los recuerdos fueron demasiado para José. Salió corriendo de la habitación. Una vez que estuvo solo, lloro y lloro. “señor”, oró, “tú nos has reunido nuevamente. Los amo mucho a todos”.

José seco sus lágrimas. Regreso donde estaban los hermanos. Hubo una gran fiesta que duro casi toda la noche. Pero José nunca dijo a sus hermanos quién era él, en realidad.

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