José ayuda al Faraón

José permaneció frente al faraón.

Respiro hondo y dijo: “Su Majestad debería poner a alguien a cargo de toda la comida de Egipto. Debería almacenarse lo que sobre. Cuando sequen las cosechas, la gente podrá comer lo que se ha almacenado. Así no tendrán que pasar hambre”.

El faraón llamó a sus consejeros.

Estos hablaban entres si, gesticulaban y volvían a consultarse. Se pusieron nuevamente de pie cuando el faraón le dijo a José: “Tu Dios está contigo de una manera muy especial. Te ayuda a ver lo que los demás no ven. Creo que puedo confiar en ti. Tú eres la persona indicada para este trabajo.

Administraras mi casa, a mi gente y todos los graneros en mis propiedades. No habrá nadie más importante que tú en todo Egipto, excepto yo”.

José dio un paso hacia atrás. Esa misma mañana avía estado en prisión. Ahora el faraón le daba un nombre egipcio que quería decir “Dios habla; Él vive”, pues el faraón sabía que Dios había hablado a través de José.

En los años siguientes sucedió lo que José había predicho. Hubo siete años de buena cosecha. José lleno todos los graneros, construyo nuevos graneros también lo llenó.

Cuando llegaron los siete años de mala cosecha, Egipto fue el único país en donde había alimento. De todas partes llegaron personas en busca de alimento.

La hambruna, como se llamaban los años de cosechas malas, se extendió hasta la tierra de Canaán.

Ahí todavía vivía el padre y los hermanos de José. Ellos se habían hecho muy ricos durante los siete años de abundancia. Pero cuando empezaron los años de escasez, Jacob y sus once hijos se quedaron sin alimento. La mayoría de los hijos ya habían crecido y tenían sus propias familias que alimentar. Todos tenían hambre.

Los hermanos refunfuñaban: “¿Qué hacemos ahora? ¿Dónde conseguiremos comida?”

Jacob sabía que en Egipto había comida. Él había oído decirlo a unos mercaderes que pasaban por el lugar.

Entonces les dijo a los hijos: “Si no quieren morirse de hambre, vayan a Egipto. Lleven dinero y compren comida”.

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