En el pozo

José se sentó en el suelo a jugar bola con su hermano Benjamín. Cuando Jacob vio a los muchachos le dijo: “José, quiero que vayas al sitio donde tus hermanos llevaron las ovejas a pastar. Asegúrate de que todo esté bien. Luego regresa y cuéntame lo que has visto”.

José se levantó de un salto y se despidió de su padre con un abrazo.

Luego se puso en camino. “Es un buen día para una aventura”, pensó.

José camino y camino. Después de un tiempo, vio el campamento de sus hermanos.

Sin embargo, cuando ellos lo vieron se molestaron.

“Ahí viene ese soñador tonto de José. Sabemos la forma de deshacernos de él de una vez por todas. Lancémoslo en uno de los pozos que hay cerca. Luego podemos decir que lo mato un animal salvaje. ¡Ja! Sus sueños no se harán realidad si está muerto”.

“No, esperen”, dijo el hermano mayor, que se llamaba Rubén.

“Láncenlo al pozo, pero no lo maten. Al menos no por ahora”. Rubén decía esto porque sabía que si el sacaba después a José del pozo, su padre lo consideraría un héroe.

José subió jadeando la última colina y llego sonriente. Finalmente había encontrado a sus hermanos.

Pero cuando les vio las caras dejó de sonreír.

Los hermanos se pararon en círculo a su alrededor. Él se iba a un lado y a otro, luego para otro lado y para otro, pero estaba atrapado. Antes de que José pudiera hacer nada, saltaron sobre él. Le rompió la hermosa túnica y lo lanzaron a un pozo seco y oscuro.

José gritó pero de nada sirvió. ¡Pum! Cayó al fondo. Cuando miro hacia arriba. Lo único que podía ver eran las caras de sus hermanos, que reían y le lanzaban arena. Se cubrió la cara con las manos y se recostó a la pared. Cuando los hermanos por fin se fueron, José se puso a llorar.

Mientras sollozaba, deseaba estar en la casa con su padre y su hermano, jugando en el sol.

Camino a Egipto

Más tarde, ese mismo día, uno de los hermanos de José tuvo una idea terrible, Judá señalo hacia una caravana. “¿ven esos mercaderes de esclavos? Vendámosle a José”. Rubén no estaba ahí para salvar a José. Estaba en el campo cuidando las ovejas.

Cuando llegaron los mercaderes de esclavos, los hermanos de José lo sacaron del pozo. Los mercaderes pagaron veinte monedas de plata por José. Lo ataron a un burro y se fueron por el desierto.

Cuando Rubén regreso al campamento se asomó al pozo.

“José”, susurró, “todo esta bien. Mañana te sacare”. Rubén todavía planeaba convertirse en héroe. Pero nadie le contesto. “¡José!”, gritó. Solo avía silencio.

“¿Por qué le hablas a un pozo vacío?”, se rió Judá.

“pero ¿Dónde está José?”, pregunto Rubén. “¿Qué le han hecho a nuestro hermano?” Tomo a Judá y lo sacudió.

“Cálmate”, le dijo Judá. “Aquí tienes tu parte”. Le dio a Rubén dos monedas de plata.

“¿Lo vendieron como esclavo?”

“Si. Y a esta hora nuestro hermano consentido va camino a Egipto”. Dijo Judá entre dientes.

Pero Rubén sabía lo que José significaba para Jacob, su padre. Esa noticia le partiría el corazón.

Al día siguiente los hermanos mataron una cabra y mancharon con sangre la túnica de José.

Regresaron a la casa y le enseñaron la túnica a Jacob.

Jacob se lamentó: “¡la túnica de mi hijo! Algún animal lo mató. ¡De seguro José está muerto!”

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