Jeremías

Jeremías

Jeremías se queda atrás

Durante muchos, muchos años, Dios había enviado profetas para que advirtiera a su pueblo. Si no dejaban de adorar a dioses falsos, se volverían débiles. Jerusalén sería destruida. El pueblo de Dios se volvería un pueblo de esclavos. Pero la gente no había escuchado las advertencias.

Ahora había llegado el momento en que el rey de Babilonia, Nabucodonosor, conquistara y destruyera Jerusalén. Nabucodonosor les había ordenado a sus soldados que incendiaran el templo del señor. Mandó a quemar el palacio del rey. Quemó todas las casas de Jerusalén. Los babilonios incendiaron todos los edificios que tenía algún valor.

¡Toda la ciudad ardía en llamas!

Entonces el ejército derribó las murallas de Jerusalén e hizo a todo el pueblo prisionero. Los convirtieron en esclavos y los enviaron a Babilonia.

Mientras Jerusalén ardía, el rey Nabucodonosor envió a sus hombres a que saquearan los tesoros de los palacios y el templo. En medio de los edificios en llamas, los soldados se apoderaron de todo el oro y la plata que encontraron. ¡No quedó nada en el templo! Nabucodonosor se llevó todo a Babilonia, incluyendo las enormes columnas de bronce.

El profeta de Dios en esa época era un hombre llamado Jeremías. Además de los pobres, fue al único que Nabucodonosor dio órdenes de que no le hicieran daño. Uno de los capitanes del rey le dijo a Jeremías: “Todo sucedido exactamente como usted había dicho que sucedería. El señor envío la ruina a este pueblo no lo escuchó. Pero ahora usted es libre. Vengan con nosotros a Babilonia, donde estará a salvo, o quédese aquí. Pude ir donde quiera”.

Cuando Jeremías decidió que no se iría con el guardaespaldas del rey a Babilonia, el capitán le dijo: “Está bien. Quédese aquí con la gente”. Luego le dio a Jeremías algo de alimento y dinero y lo dejó libre. Jeremías prefirió quedarse con el pueblo de Dios. Estos eran los más pobres de los pobres, lo único que quedaba de la ciudad destruida de Jerusalén.