La lucha con Dios y el nuevo nombre de Jacob

Después de pasar veinte años en tierra de su madre, finalmente llegó el día en que Jacob pensó que debía regresar a la casa. Él tenía dos esposas, varios hijos y cientos y cientos de ovejas y cabras.

Conforme se acercaba a su casa se sentía más y más nervioso por Esaú. ¿Todavía estaría enojado su hermano?

La noche antes de que Esaú se encontrara con Jacob, éste se sintió muy inseguro. Iba a ser una noche llena de sorpresas y que Jacob nunca olvidaría.

Estando Jacob de pie y solo bajo las estrellas, preocupado y en oración, se le apareció un hombre que salió del desierto. Estaba oscuro y Jacob no podía ver quién era el hombre. No era Esaú. Quienquiera que fuera, el hombre era muy fuerte y peleó con Jacob.

Durante toda la noche los dos hombres lucharon, dieron vueltas en la arena, sudorosas y jadeantes. Pero ninguno vencía al otro. Tenían la misma fuerza. Entonces el forastero le golpeó la cadera a Jacob y le zafó un hueso. Jacob sentía un gran dolor.

El forastero le dijo: “Suéltame, que pronto va a amanecer”. Entonces Jacob se dio cuenta quién era. “Este no es un hombre,” pensó Jacobo. “O es un ángel o…

¿Será? Es el Señor, Dios mismo en persona”.

“¿Cómo te llamas?”, le preguntó el forastero.

“Jacob”.

“No. Ya no eres más Jacob. Tu nuevo nombre es Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido”, dijo el forastero.

“Ahora dime cómo te llamas tú”, dijo Jacob.

El forastero no contestó. Bendijo a Jacob. De pronto el forastero se fue y Jacob supo que había visto a Dios cara a cara. El cielo se puso rosado y dorado mientras Jacob cojeaba de regreso al campamento.