Una cena muy cara

Pasaron muchos años y los muchachos crecieron. Los dos eran buenos para cosas diferentes. Jacob era callado y a menudo ayudaba en la casa y hablaba con sus padres. Esaú era bueno para cazar animales salvajes.

Un día, mientras Jacob cocinaba un potaje, Esaú regresó de cazar. Tenía mucha hambre pues no había comido nada en todo el día.

“Rápido, ¡dame un poco de ese potaje!” le dijo a Jacob. Se sentó al otro lado del fuego, frente a Jacob No podía esperar a que Jacob le Jacob. Sirviera el potaje.

Jacob escuchaba mientras su hermano hablaba de lo hambriento que estaba y entonces pensó en un plan. Jacob sabía que Esaú tenía algo que él quería: la herencia que había adquirido por nacer primero.

Como Esaú era el mayor, tenía el derecho a recibir todas las riquezas, animales y sirvientes de su padre, Isaac, cuando éste muriera. Ese derecho lo había adquirido al nacer. Jacob quería ese derecho. Entonces Jacob hizo un trato con Esaú. “Si en verdad tienes tanta hambre”, le dijo Jacob, “si tienes mucha, mucha hambre, entonces véndeme tu derecho a la herencia y te daré un poco de potaje”.

Esaú no entendió hermano menor estaba diciendo. Esaú tenía tanta hambre que sintió que el estómago se le salía y que iba morir de hambre. No importaba lo que tuviera que hacer, pero quería comida. “Sí, está bien. Lo que digas. Ahora dame un poco de potaje”.

“Primero júramelo”, dijo Jacob. Entonces Esaú le juró a Jacob que le vendería su derecho a la herencia.

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