Gedeón y el Ángel de Jehova

Gedeón inicia su obra

No había pasado mucho tiempo cuando la gente de nuevo olvidó lo que había prometido. Cuando adoraban otros dioses, una tribu terrible, la de los madianitas, los conquistó.

Dios escogió a un hombre llamado Gedeón para que ayudara a su pueblo. Envió un ángel para decir a Gedeón que debía derribar el altar y la estatua en honor de los otros dioses. El pueblo de Dios adoraba esta estatua que estaba en la colina.

Gedeón sabía que los otros hombres del pueblo podían matarlo por hacer esto. Él tenía miedo de derribar el altar de los dioses, pero lo hizo de todos modos porque Dios se había perdido. Gedeón y diez de sus ayudantes subieron a la colina.

Fueron al lugar donde la gente adoraba a los dioses extranjeros. Allí hicieron añicos el altar de piedra y la estatua de los otros dioses.

Entonces hicieron otro altar en silencio. Mataron uno de los toros que había llevado consigo y lo quemaron en el altar. Oraron a Dios. “Por favor, Señor, por favor, cuídanos”.

A la mañana siguiente, cuando los hombres del pueblo descubrieron que habían roto el altar, dijeron: “¿Quién se atrevió a hacer esto ¡Lo mataremos!”

Pero Joa, padre de Gedeón, les dijo: “Si su dios es realmente un dios, dejen que sea él quien imponga el castigo. No hagan nada”. Los hombres estuvieron de acuerdo. Así, Gedeón estuvo a salvo y el altar del señor permaneció intacto.

Pronto los madianitas planearon atacar de nuevo a Israel. Gedeón le pidió a Dios: “Señor, si realmente vas a ayudar a que Israel salga victorioso, entonces por favor guíame. Dejaré esta piel de oveja sobre el suelo toda la noche. Si amanece húmeda de rocío y la tierra a su alrededor amanece seca, entonces sabré que debemos ir a la guerra”.

Y así sucedió. A la mañana siguiente, la piel de oveja estaba húmeda pero la tierra estaba seca. Gedeón todavía quería asegurarse más.

“señor, por favor perdóname. Pero, ¿pude pedir una prueba más? Esta noche, ¿podrías humedecer la tierra con el rocío y dejar la piel seca?”

Y así fue. De este modo Gedeón no tenía ninguna duda de que Dios aprobaba lo que hacía.

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