Los Judíos deben morir

Todos los días, Mardoqueo se paseaba en los alrededores del palacio. Esperaba tener noticias de Ester. Ella era la reina y podía tener todo lo que quisiera. Pero aun así él se preocupaba por ella como si fuera su padre.

Había un hombre muy poderoso en la corte del rey que se llamaba Amán. Solo el rey era más poderoso que él. Amán ordenó que todos se arrodillaran ante él cada vez que pasara.

En las puertas del palacio, sin embargo, había un hombre que no se arrodillaría. ¡Ese era Mardoqueo! Él sabía que Amán era de la tribu amalequita, una de las peores enemigas de Israel. De ninguna forma se arrodillaría ante un amalequita.

Un día y otra vez Amán pasó junto a Mardoqueo. Una u otra vez Mardoqueo se negó a arrodillarse.

Amán no quería ver muerto solo a Mardoqueo, sino ¡a todos los judíos! Es rey estuvo de acuerdo, sin siquiera saber de qué estaba hablando Amán. Los secretarios del rey enviaron cartas a todas partes en Persia. Las órdenes eran matar a todos los judíos, jóvenes y viejos, mujeres y niños, ¡Y hacerlo en el plazo de un año!

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