El jarro de aceite sin fondo

Eliseo viajó por toda la tierra. En todas partes predicaba. Trató de que la gente dejara de adorar a dioses falsos. Les dio consejo a reyes y a pobres. Eliseo les hablaba de todos sobre el amor de Dios. Como el espíritu de Dios estaba con Eliseo, podía hacer milagros en el nombre de Dios.

Uno de esos milagros salvó a una madre y a sus dos hijos de ser vendidos como esclavos. Esta mujer era viuda de un profeta de Dios. Cuando la malvada Jezabel todavía reinaba, había matado a muchos hombres de Dios. Esta mujer era la esposa de uno de los profetas que había muerto. Tenía que cuidar a dos hijos pequeños, pero no tenía dinero.

En esa época era muy difícil para una viuda ganarse algún dinero. Esta mujer no tenía a nadie que la ayudara. “¡Por favor, señor!”, le suplico a Eliseo. “Mi esposo está muerto. Usted sabe que él obedecía a Dios y confiaba en él. Pero debo tanto dinero. Y no tengo nada con qué pagar. El hombre al que debo dinero dice que vendrá a llevarse a mis hijos si no le pago pronto. ¡Mis hijos y yo nos convertiremos en esclavos! ¡Por favor, ayúdame!”

Eliseo le dijo: “Cómo puedo ayudarte”

Pensó por unos minutos. “Dime, ¿Qué tienes en la casa? ¿Tienes algo que puedas vender para obtener algo de dinero?”

La mujer movió la cabeza con tristeza. El cabello le cayó sobre la cara. Abrazó a los dos jovencitos. “No tengo más que una jarra de aceite”.

Eliseo le dijo: “Ve y pídeles a tus vecinos que te den jarras vacías. No pidas unas pocas. Reúne cuanta jarra puedas encontrar. Luego llévalas a tu casa. Llévala contigo a tus hijos y cierra la puerta. Vierte el aceite de tu jarrita en todas las jarras que recojas. Luego apártalas”.

Ella hizo lo que Eliseo le había dicho. Visitó a todos sus vecinos. Recogió todas las jarras que pudo. Luego cerró la puerta y empezó a verter aceite.

Vertió y vertió y vertió. Primero llenó una jarra, luego otra y luego otra. La jarrita de aceite de la cual vertía parecía no tener fondo. ¿Cómo podía tener tanto aceite? Finalmente, le dijo a uno de sus hijos: “Tráeme otra jarra”.

Pero éste le dijo: “Esa era la última jarra”.

La mujer miró el gran número de jarras que había por toda la casa. Movió la cabeza sorprendida. Fue a decirle a Eliseo lo que había pasado. Él le dijo: “Ve. Vende el aceite y paga tu deuda. Luego tú y tus hijos podrán vivir con el resto del dinero”.

Shares