Fuego y lluvia

Elías elevó sus manos al cielo. Oró calmada y lentamente, de modo que todos pudieron escucharlo. “Oh señor, Dios de Abraham, Isaac y Jacob tu siervo. Contéstame, señor. Muéstrale a esta gente que tú eres el señor. ¡Por favor contéstame ahora con tu fuego; te lo suplico!”

De repente, ¡el fuego del señor cayó de los cielos! El fuego consumió toda la madera y las piedras y el trozo de toro. El calor era terrible. No importaba que todo estuviera húmedo pues de todos modos se quemaba.

“¡Miren! ¡Cae fuego del cielo!”, gritaba la muchedumbre. La gente gritaba: “¡El señor es Dios, el señor es Dios!”

Las rodillas del rey Ahab temblaban de miedo. Elías le dijo: “Vaya coma y beba, pues oigo ruido de tormenta”.

Ahab hizo lo que se dijo. Se fue rápidamente a casa antes de que sucediera algo más terrible aún. Ahora que el pueblo de Israel había dicho que creían que el señor era Dios. Elías tenía la esperanza de que Dios les enviaría lluvia.

Le dijo a su sirviente que observara a ver si veía nubes. Al principio no había ninguna, una y otra vez Elías le dijo al sirviente que fuera a mirar. Por fin el sirviente dijo: “¡Mire! Hay una nube del tamaño de la mano de un hombre. ¡Vienen del mar!”

Al poco tiempo, el cielo se encubrió de nubes oscuras y de viento. La lluvia empezó a caer a torrentes. Las personas alzaban los brazos y vitoreaban. Por fin, después de tres años, ¡tenía lluvia!

Pero Dios hizo un milagro más mientras llovía, Elías empezó a correr por el campo. Corría tan rápido como podía. ¡La mano del señor se posaba sobre Elías! El Espíritu de Dios derramó su poder sobre Elías. ¡Lo convirtió en un corredor velocísimo! Corría más rápido que los caballos que tiraban del carruaje del rey de Ahab. Corría más rápido que el viento. ¡Elías corrió tan rápido que llegó a Jezabel antes que el rey!

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