El gigante

Durante los años que siguieron, David visitaba el palacio con frecuencia y tocaba el arpa para Saúl. A veces Saúl tenía que alejarse para luchar contra los filisteos. Entonces David se iba a casa de su padre.

Entre los soldados de Saúl había tres de los hermanos mayores de David. lsaí a menudo le pedía a David que les llevara cereal, pan y queso a sus hermanos. Así podía tener noticias sobre sus hijos.

Durante una de las batallas, Saúl y sus soldados tuvieron un gran problema. Todavía no había comenzado la lucha a causa de un soldado filisteo llamado Goliat. Goliat era un hombre muy, muy alto.

A la mayoría de los israelitas les parecía un gigante. Goliat el gigante había desafiado a los israelitas. “Si alguno de ustedes desea luchar contra mí lo desafío a que lo haga. Si gano, todos ustedes se convertirán en esclavos nuestros. Si uno de sus hombres gana, entonces nosotros les serviremos a ustedes”.

Todos los hombres de Saúl miraron a Goliat y se estremecieron de miedo. “¿Cómo podremos luchar contra un gigante como ese?”, susurraban.

Ninguno se atrevía a luchar contra él. Inclusive los hermanos de David estaban demasiado asustados para pelear contra Goliat.

Los insultos de Goliat

Goliat amenazó al ejército israelita durante más de un mes. En esos días, Isaí le pidió a David que les llevara provisiones a sus hermanos y David lo hizo con mucho gusto.

Cuando David llegó al campamento, buscó a sus hermanos por todas partes. En ese momento, se oyó un gran grito que venia del lado israelita.

“¡Sálvese quien pueda! ¡Viene el gigante!”

Goliat vociferaba: “¡Ya lo sabía! ¡Todos ustedes, israelitas, forman un ejército de cobardes! ¡Los invito a todos ustedes para que prueben que estoy equivocado! ¡Su Dios es débil! ¡Él no los puede ayudar!”

Goliat había dicho algo muy, pero muy terrible. Había dicho que Dios era débil. Cuando David oyó los insultos de Goliat, se enojó muchísimo. Trató de que los soldados asustados que estaban junto a él le dieran más información.

Le contaron sobre la recompensa. Saúl había ofrecido riquezas y la mano de su hija a cualquier hombre que combatiera contra Goliat.

David, el que mato al gigante

David fue a ver a Saúl. Le dijo: “Déjeme luchar contra Goliat. No quiero que el pueblo de Dios parezca cobarde”.

Saúl le dijo: “No puedes luchar contra él. Tan solo eres un muchacho”.

David levantó la cabeza. “He salvado a mis ovejas de los ataques de los leones y los osos”.

Por fin Saúl aceptó. Le dio a David su escudo y sus armas. Pero eran demasiado grandes Como David no estaba acostumbrado a usar armas tan pesadas, las hizo a un lado.

“Me enfrentaré a Goliat vestido de pastor”.

Entonces David buscó cinco piedras lisas en un arroyo cercano.

Era hora de luchar contra el gigante

Cuando Goliat lo vio, gritó furioso: “¡Qué insulto! ¿Se atreven a enviar a un niño para que pelee contra el gran Goliat?”

Pero David le dijo: “Usted puede tener lanza y espada. Mi arma es el nombre del Señor Dios Todopoderoso.

Él es el Dios de nuestro ejército, el mismo contra quien usted se burló”.

“Dios me ayudará hoy a derribarlo y a cortarle la cabeza. ¡Así el mundo entero sabrá que no es la espada sino el poder del Señor lo que gana las batallas!”

Goliat se acercó para atacar a David. De súbito, David apuntó hacia Goliat. Puso una piedra en la honda, la hizo girar alrededor de su cabeza y luego la soltó.

La piedra zumbó en el aire más rápido de lo que Goliat tardó en levantar su lanza. Pero era demasiado tarde, ¡pues la piedra ya había penetrado justo en la cabeza de Goliat! El gigante cayó al suelo con gran estrépito.

David tomó la espada grande y pesada de Goliat. Lo mató y le cortó la cabeza. Los filisteos no podían creer lo que veían. Dieron vuelta y empezaron a correr. Los hombres de Israel y de Judea no los dejaron escapar. Ese día se ganó una gran batalla porque David confió en el poder de Dios.