El cofre de Dios llega a Jerusalén

Jerusalén se convirtió en la ciudad de David. Él decidió llevar el cofre de Dios a Jerusalén. David hizo que los sacerdotes llevaran el arca en andas. Así fue como Dios le había dicho a Moisés que debería trasportarse el cofre.

Cuando el cofre llegó a Jerusalén, los sacerdotes la pusieron en una tienda especial que David había hecho.
Hubo una gran fiesta y danzas. ¡Qué fiesta fue aquella! David había organizado un coro y una orquesta. Todos tocaron y cantaron música especial para Dios.

La gente oró y le dio gracias a Dios por todas las cosas buenas que él había hecho por ellos. Recordaron lo que Dios les había dicho a Abraham, Isaac y a Jacob. Contaron las historias que narraban cómo Dios los había rescatado de los crueles egipcios. Hablaron de cómo Moisés y Josué los habían llevado a la tierra prometida donde ahora vivían.

La gente danzó y cantó todo el día. David fue el que más danzó. Toda la alegría y felicidad que sentía de ser cerca el cofre de Dios, simplemente le corría por los brazos y por las piernas. Saltó y giró, hizo cabriolas cantó tan fuerte como pudo.

“¡Que los cielos se regocijen y que la tierra esté alegre! ¡Que el mar ruja y también todo lo que hay en él! ¡Que los campos se alegren! Así cantarán los árboles del bosque.

¡Cantarán de alegría frente al señor!”

Davis estaba muy feliz, pero no así su esposa Mical, la hija de Saúl. Ella miraba desde la ventana. “¿Por qué David se comporta en forma tan tonta?”, se preguntaba.

Esa noche, le dijo a David que se sentía avergonzaba de él. A pesar del mutuo amor que habían sentido al principio, David y Mical nunca más estuvieran cerca uno del otro. Y Mical nunca tuvo hijos.