David en la cueva de Adulam

Solitario en una cueva

Saúl persiguió a David como si fuera un animal. Sabía que David se escondía en un sitio donde había muchas cuevas. Saúl y sus soldados decidieron buscar en las colinas.

En un momento, cuando Saúl estaba solo, buscó un lugar donde hacer sus necesidades. Vio una cueva cercana y decidió entrar. Era imposible que lo supiera, ¡pero David se escondía precisamente ahí!

“¡David, mira!”, le susurraron sus soldados. “Dios te ha bendecido de nuevo. Ahora tienes la oportunidad de matar a Saúl”.

David movió la cabeza y les dijo: “¡Nadie debe matar a quien Dios eligió como rey!”

Luego se arrastró por la cueva hacia donde estaba Saúl. Con mucho cuidado cortó un pedazo de la túnica de Saúl. Luego se arrastró de nuevo a su escondite. Cuando estuvo de regreso con sus hombres, David se lamentó de lo que había hecho. No había querido hacerle daño a Saúl. “No debí haber cortado la esquina de su túnica”.

Entonces Saúl se levantó y salió de la cueva. Sin embargo, una vez que salió. David corrió tras de él. Se arrodilló y le dijo: “¡Mi señor, su majestad!” Saúl se volvió, muy sorprendido. David levantó el trozo de túnica y le dijo: “Mire, corté la esquina de su túnica. Dios lo puso en mis manos mientras estaba en la cueva. ¡Pero no le hice daño! Inclusive impedí que mis hombres lo lastimaran. ¿Me creerá ahora de que no soy su enemigo? ¿Po Qué me persigue así? ¡No he hecho nada malo!”

Saúl se dio cuenta que David lo pudo haber matado si así lo hubiera querido. “Ningún hombre deja escapar a su enemigo así como lo has hecho. Te creo, David”.

Saúl dejo en paz a David y a sus hombres… al menos por un tiempo. Sin embargo, al poco tiempo Saúl se olvidó nuevamente de su promesa.

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