Dios escoge un nuevo rey

Al principio Saúl trató de ser un buen rey. Gobernaba como Dios quería que lo hiciera. Conforme pasaba el tiempo, Saúl se volvió codicioso. A Dios no le agradaba que Saúl se preocupara solo por él mismo.

Entonces Dios le pidió a Samuel que buscara al que sería el próximo rey.

“Quiero que lleves aceite a Belén.

Pide ver a los hijos de Isaí. En ese lugar te mostraré quién va a ser el próximo rey”.

Cuando Samuel llegó a Belén, mandó a llamar a los hijos de Isaí. El mayor era muy bien parecido.

Pero el señor dijo: “Soy Dios. No mido a las personas según su físico.

Me fijo en el corazón de la persona y veo lo que tú no ves”.

Cuando los siete hijos pasaron frente a Samuel, éste se volvió hacia Isaí. “El señor no ha escogido a ninguno de estos. ¿No tienes más hijos?”

“Bueno”, le dijo Isaí, “hay uno más. Pero es más joven. Está en el campo cuidando las ovejas”. Entonces llamaron a David, el hijo menor.

El muchacho tenía grandes ojos cafés y su piel estaba muy bronceada.

Con su sonrisa se iluminaba toda la habitación. Era fuerte y bien parecido.

El señor dijo: “Este es”. Samuel tomó el aceite y lo echó sobre la cabeza de David. Esto quería decir que David había sido separado como rey.

Entonces Samuel regresó a casa. Dios había elegido a su próximo rey, pero aún no era el momento de decírselo a la gente.