Una oración con el corazón

Ana se dirigió a la tienda en donde el sacerdote le hacía ofrendas a Dios. No sabía qué hacer. Se arrodilló y se cubrió la cara con las manos. Sus labios temblaban mientras oraba. Por sus mejillas rodaban las lágrimas.

“Oh, Señor”, roraba en voz baja, “tengo tantos deseos de tener un hijo. Por favor, Dios, si me dieras un hijo te lo daría a ti. Lo traería aquí para que el sacerdote lo educara. El niño sería tuyo”

Elí, el sacerdote, la observaba mientras oraba. Él veía que los labios tenían los ojos rojos por el llanto.

En ese tiempo, no eran muchos los del pueblo de Israel que iban a orar en la tienda de Elí. Los que iban, oraban en voz alta. Algunos que llegaban a Siló lo hacían solo para comer y beber. El sacerdote vio los ojos rojos de Ana y los labios que movían. Él pensó que ella había bebido demasiado vino.

“Oye”, le gritó, “no deberías venir aquí si estás borracha”. “No, mi señor”, respondió Ana con vos entrecortada. “¡No soy uno de esos borrachos que llegan aquí de la fiesta! Tan solo estoy muy triste”.

Cuando Elí se acercó, vio que Ana decía la verdad. “Ve en paz. Espero que Dios te dé lo que has pedido”. Ana bajó la cabeza. “Gracias por su bendición”. Al salir, Ana sintió que ya no había más pensar ni vergüenza en su corazón. Era decisión del señor si algún día tendría o no un hijo. Ahora sabía que lo que Dios decidiera sería lo mejor para ella y para Elcaná.

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