A la espera de un bebé

Muchos después de que naciera Obed, el hijo de Ruth, el pueblo de Israel todavía se olvidaba de Dios. La mayoría ni siquiera trataba de orar.

En esa época vivía un hombre llamado Elcaná tenía dos esposas. Una tenía hijos llamado Ana. Tenía el cabello largo y negro y sus ojos oscuros se iluminaban cuando sonreía. Elcaná amaba mucho a Ana.

Los años pasaban y Ana no tenía hijos. Elcaná amaba a Ana más de lo que amaba a su otra esposa. La otra esposa se llamaba Penina. Penina le había dado muchos hijos e hijas a Elcaná. Ella no era tan buena ni amable con Ana.

Penina sabía que Elcaná amaba a Ana más que a ella. Esto ponía a Penina muy celosa. Se burlaba de Ana que era una esposa inútil pue no podía darle a Elcaná ni siquiera un hijo.

Elcaná era una de las poscas personas es esa época que trataba de seguir al señor. Una vez al año llevaba a toda la familia a Silo. Ahí, en una tienda sagrada, se guardaba el arca que contenía lis Diez Mandamientos. Un sacerdote cuidaba el arca.

Año tras año, después de que Elcaná terminaba de adorar a Dios en Silo, daba una gran fiesta para su familia. Ana estaba ahí, con Penina y todos los niños.

Cada año, en la fiesta en Silo, Elcaná le daba a Ana dos veces más carne que a Penina. Él se sentía muy triste pues Ana no podía tener niños. Por eso creía que al menos que podía hacer era tratarla bien. Elcaná tenía la esperanza de que al darle más carne, Ana volvería a sonreír. Él se acordaba muy bien de esa sonrisa, pero ya casi no la veía.

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