Muchísimo años después vivieron un hombre llamado Abram y su esposa Sarai. Eran felices, excepto por una cosa. Ellos querían tener un bebé, pero pasaban los años y no tenían ninguno.

Una noche, Abram oyó que Dios le hablaba: “Abram, haré que tu familia sea muy grande. Todas las personas en todas partes del mundo serán bendecidas por tu causa”.

El Señor le dijo a Abram que se fuera de la casa. Abram no sabía hacia dónde lo llevaría el Señor, pero hizo lo que le dijo.

Le dijo a Sarai lo que había pasado y ella también tenía confianza en Dios. Ella les ordenó a los sirvientes que doblaran las tiendas y las cargaran sobre los camellos.

“¿Pero adónde vamos?” le preguntaban ellos.

“No sé”, les dijo ella y luego sonrió. Si Abram podía esperar a que Dios les dijera para dónde iban, ella también podía esperar.